Un grito barítono atrapa todos mis sentidos. El cuerpo vuela por la perturbación imprevista hasta perder la conciencia. No hay descanso aquí. Otra voz, esta vez más chillona, satura mi sistema mientras me levanto de la cama. El sudor que me cubría por la noche hace que se me ponga carne de gallina cuando pienso en qué viene. “¡Son las seis y cuarto! ¡Es la última llamada para que se despierten! Los pies sobre la tierra… o van a ver.” Otro día del infierno comienza.
Agarro el par de calcetines que guardo debajo de mi almohada por el miedo de la reprimenda que me voy a afrontar no sea que un dedo desnudo toque la alfombra infestada. Lentamente, obstinadamente, me los pongo y desciendo las escaleras de la litera. Especulo con la posibilidad de despertar a Alex, quien estuvo sancionada por su pereza la semana anterior, pero sé que un destino más inquietante me depara si la ‘salvo,’ pues resisto. “Qué asco,” pienso, mirando por la ventana blindada a otra mañana lánguida en Utah, “y ella trabajó tan duro para reobtener sus privilegios para recibir cartas.” Una bocina atruena y me doy cuenta del hecho que he perdido tres de mis veinte minutos preciosos antes del desayuno fantaseando sobre esta vida, la que existe fuera del edificio de hormigón en que estoy encarcelada, la que no sé si voy a experimentar otra vez.
Después de un desayuno especialmente memorable (Mimi no le pasó la leche a Christina pues Christina le pegó y fue tirada al cuarto de castigo), mi unidad, el Equipo Oro, viaja las veinte yardas a la escuela. Todas estamos en ‘silencio’ otra vez como dos de nuestras compañeras habían sido pilladas cuchicheando sobre un chico del Equipo Verde, por lo tanto es una excursión especialmente introspectiva. Los miembros se sienten débiles y desconocidos, creo como resultado de la mezcla nueva de píldoras que la enfermera me ha obligado a tragar. Todavía, me deleito en el momento efímero cuando los pulmones inflan con la frescura húmeda que señala el otoño. Aun el hedor continuo de la boñiga no estropea la sensación fugaz de la libertad. Estoy viva. De repente, sin embargo, entro en un inmueble y oigo el tintineo familiar de llaves. “¡Todo seguro!” el líder anuncia a otro oficial sin cara.
Por la mitad de una lección de ciencia en que mi profesor ha hecho referencia a la iglesia de los Santos de los Ultimos Días más que cualquier tema científica, hay una interrupción. El terapeuta principal, quien se especializa en los insultos, informa al maestro que todas las chicas del Equipo Oro deben regresar al dormitorio para asistir a un Grupo de resolver problemas. El estómago desploma. Con náusea eclipsando el fondo de mi alma, la mente empieza frenéticamente a repasar todas las infracciones posibles que yo pudiera haber cometido. ¿Me olvidé de tender la cama? ¿Mis padres llamaron para quejarse de la última llamada? ¿Alguien me ha acusado de intercambiar miradas con ese chico del Equipo Azul de nuevo? “¡Joder!” concluyo inútilmente, “ya se fueron mis privilegios de visita familiar para la Navidad.”
En observar el resto de los empleados terapéuticos entrando en la sala redonda, y ya acre con temor, el pulso acelera. Las racionalizaciones que he construido crean un huracán de caos. Ojeo alrededor de la habitación y me siento consolada por el terror de mis compañeras, que rivaliza con la mía. Caras pálidas, nudillos blancos y costras por autolesión actúan como espejo. Mi amiga Stephanie, quien acaba de terminar su Aislamiento por malas notas, todavía no ha hecho caso a la sangre que le ha llegado al mentón.
“LISA.” Una respiración profunda escapa los labios de todas para la rubia temblorosa que ahora miramos. Me vuelvo involuntariamente a Alex, y compartimos una sonrisa floja y aliviada. No soy yo.
El ataque a Lisa es particularmente atroz. Cogida con un cuchillo del almuerzo con el que intentaba suicidarse, los terapeutas le acusan de la estupidez, la falta de valor, y más alarmante, “una inhabilidad patética para realizar nada, incluso una suicida verdadera.” Después del abuso interminable, el castigo es anunciado- un período de Aislamiento de una semana, seguida de una degradación a Fase I. El silencio cumulativo sirve como reconocimiento de la miseria que va a afrontar. Aunque somos incapaces de comunicarnos con ella por las consecuencias inherentes, la desesperación mutua es tangible. El sufrimiento mudo es nuestro vínculo.
Gritos de dolor difunden por los pasillos horas después de acostarse. En un arrebato de angustia, Lisa volvió al dormitorio, afiló un puñado de lápices, y los rastrilló por los brazos, cubriendo el suelo con su tormento. Nadie habló mientras tres hombres se la llevaron al sitio con azulejos blancos para inyectarle con la parálisis química contenida en una jeringa. Un brillo fluorescente me llama la atención y giro la cara para saludarlo. En la distancia, un par de faros desolados, un amigo en la sombra me avisa de una vida sin puertas cerradas con llave. “Solo 153 días hasta mi decimoctavo cumpleaños,” me digo, calmándome por enésima vez desde la mañana. Con ese pensamiento, el sopor me secuestra.


3 comments:
¡Este ensayo y el lenguaje que usaste es INCREÍBLE! De lejos, lo mejor que había leído en esta clase. El uso del lenguaje, la estructura, el tono, y la narración me atrajeron. Me hace sintonizar con los personajes principales de tu ensayo. Me hace intentar verlo desde su punto de vista. No tengo ninguna duda que va a tener el mismo efecto en todos los lectores de este ensayo. Siempre quiero leer tus ensayos porque me encanta el tema y puedo relacionar en muchas maneras. Sin embargo, este ensayo muestra que tu escritura ha incrementado y mejorado completamente. !ME ENCANTA!
Tengo curiosidad, ¿qué te ha dado el interés de narrar su ensayo como lo hizo? No puedo imaginar estar en la cárcel durante un año no menos de un día. Creo que demasiadas personas toman su libertad y la oportunidad por sentado sin hacer mucho con sus vidas hasta que están tras las rejas y desean nada más que ver a la libertad de la luz del sol otra vez. Pienso que su ensayo fue poderoso en el desarrollo del diálogo. Hay una frase de una canción en español que me gusta que dice "la cárcel es como la muerte."
Estoy encantada con su ensayo. La lengua que usaste, los imágenes, y como describes las escenas son tan intensos. Me gusta como el lector puede imaginar como esta ocurriendo y como las personas sienten. Puedes sentir la emoción en sus palabras y la manera en que son escritos. Tienes una manera de captar la atención completamente. Su ensayo es muy bonito, buen hecho!
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